
Historia del mejungue
Durante la pandemia de COVID-19, El Pinche y La Chef estuvieron confinados casi un año en su casa, saliendo solo para lo esencial: comprar comida. Un día, El Pinche compró unos ajos, y La Chef, aburrida de estar encerrada, le propuso que inventaran algo con ellos para ver qué salía de ese experimento. Como siempre, El Pinche accedió a las ocurrencias de su amada Chef y comenzó a pelar los ajos. Luego, añadió orégano, albahaca, aceite de oliva y los ajos enteros pelados a un bote de vidrio, tapándolo y dejándolo reposar para que se infusionara con todos esos aromas y sabores, hasta que los ajos estuvieran completamente impregnados de las especias. Al ver que el invento había salido delicioso, La Chef envió a El Pinche a comprar 25 libras de ajo para preparar más y así poder regalar a sus familiares, a quienes casi no podían ver debido a las restricciones de la pandemia. Entre los afortunados receptores, La Chef decidió compartir su invento con su hermana en Honduras, explicándole la receta paso a paso por teléfono. Su hermana siguió al pie de la letra la receta y, emocionada con el resultado, la compartió con su hijo. El sobrino de La Chef, a quien ella cariñosamente llama “Chinito Loko”, quedó tan encantado con el sabor que decidió ponerle nombre al invento: “Mejungue”. A partir de ese momento, el mejungue se convirtió en una tradición familiar que unía a todos, incluso a la distancia. Para El Pinche y La Chef, fue una prueba más de que, incluso en los momentos más difíciles, siempre hay espacio para la creatividad, el sabor y el amor compartido.
Versión Original
En medio de un café mañanero, El Pinche empieza su queja clásica: “Chef, usted siempre gasta todo el dinero… y yo no recibo nada.” La Chef, con una sonrisa tranquila, contraataca: “Ahhh, pero lo he llevado a Colombia, Francia e Italia… ¿qué más quiere?” El Pinche, con ceja levantada y cucharita en mano, remata: “¡Claro! Me lleva porque necesita quién maneje y cargue las maletas…” Al final, los dos se ríen, porque saben que en el fondo, esas “inversiones” siempre terminan en historias, fotos y recuerdos que valen más que cualquier billetera llena
Era noche de Navidad y La Chef, con un poquito de celos navideños, le susurra a su hermana: “Hoy voy a emborrachar al Pinche… a ver si anda de coqueto.” Pero lo que no esperaba era que El Pinche, como buen estratega culinario, se presentara en la cocina con chicharrones frescos, tostones de plátano verde y una ensalada de berro, tomate, cebolla y lechuga con aderezo de vinagre, aceite de oliva y limón. Entre brindis y risas, La Chef se tomó “unos cuantos” tequilas. Al día siguiente, solo recordaba una cosa: “Qué rica estuvo la cena…” Y del plan original… ni hablar.
Una semana antes de cada viaje familiar, El Pinche empieza el ritual de las quejas: “¿Y por qué tenemos que ir tan lejos? ¿Quién va a cuidar las plantas? Seguro allá la comida es carísima…” En el carro, el avión o el bus, sigue el mantra del mal humor: “Esto va a ser un estrés, yo se los digo…” Para ahorrar en el camino, La Chef prepara con cariño unos sándwiches de pollo estilo hondureño, con pollo desmenuzado, mayonesa, vegetales frescos y un toque de chile, envueltos en servilletas para que todos puedan comer mientras viajan. Pero apenas pisan el lugar de destino, sucede la transformación mágica: El Pinche sonríe, se relaja, pide fotos y hasta sugiere actividades. Al final de cada viaje, con la piel bronceada y el estómago feliz, su frase es la misma: “Estas han sido las mejores vacaciones de mi vida.” Hasta que llega el próximo viaje… y el ciclo se repite como una receta infalible